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Ella, tranquila y ardiente, se acercó a la ventana. Nada cubría su opulento cuerpo. La luz que entraba por los enormes ventanales bañaba su piel Blanca. No tenia pudor alguno en enseñar su cuerpo a cualquier persona que pasara por la calle, a sus pies. Más de un hombre se detuvo a mirarla. Más de una mujer también. Otras, escandalizadas, tapaban la vista a sus hijos con la palma de su mano.

Roberto, de pie frente al ventanal observaba las reacciones y sonreía con lujuria. En menos de dos minutos tenía una cola de caballeros de indefinida situación civil en su puerta, clamando atenciones en cierta parte de su cuerpo. Pero ella se negó a abrir la puerta de su casa. Roberto se acercó por detrás y la abrazó.

Él también estaba desnudo, y excitado. Sus pieles contrastaban en demasía. Él, bronceado. Ella, pálida. Roberto la giró, cogiéndola de las caderas y la apoyó en el cristal. Silvia se encaramó encima de él, rodeándolo por la cintura con sus piernas. Sin ningún momento de vacilación, él la penetró, ante la vista de cualquiera que pasara por la calle, a sus pies.