Directorio Webs

Somos muchas las mujeres que necesitamos de algo diferente en el sexo (hablo en plural por que quiero creer que realmente es así,y no solo yo llevo encima esta penitencia , o este castigo tan placentero,quien sabe).A veces, quizás por vergüenza hacia la pareja, y quizás por la otra parte la no suficiente implicación y confianza, hace ocultar lo que realmente nos satisface.(Digo así por qué a muchas no se atreverán a decirlo y a otras  les suda el coño como a mí el decirlo). Me considero una mujer tremendamente activa sexualmente,aún no pasé el Tabú de bajar a la calle cuando siento (ese quemazón en mi coño) y que en el trabajo no conseguí satisfacer y ir a buscar a alguien que me lo calme. Quizás porque se que no encontraré alguien con la química suficiente para hacerme disfrutar de verdad.Quizás ya no sea química, sinó alguien que sepa hacérmelo bien. Alguien que me atraiga ,que me despierte ese deseo de follarlo como  un animal salvaje y él instintivamente sienta lo mísmo, esa sensación de calmar por un tiempo largo mi quemazón, algo que por momentos creo que jamás conseguiré conseguir.

Amo el sexo, amo hacerlo, creo que sin él jamás podría vivir ,quizás hasta que me haga vieja, jajaja, ahí acabaré con este castigo o con esta bendición, quien sabe .

Necesito a ese hombre, que sabe follar a una mujer,

Toda una vida de mujer casada, más de cuarenta, menos de cincuenta, soy de esas mujeres digamos macizas, buenos pechos, ancha espalda, anchas caderas, gruesos muslos, ojos cafés, nariz respingada, finos labios, cabellos castaños prematuramente encanecidos, que en mi juventud llegaban a mi cola, pero que en la actualidad lo uso corto, hasta con la nuca rapada.

Soy de carácter tranquilo, de meditar las cosas, de pensar antes de actuar.

Y toda mi vida fui ese estereotipo de mujer perfecta, ama de casa, madre, fiel a su hombre, de correcto vestir, de excelentes modales, cero vicios, ese tipo de persona con un prontuario intachable, nunca un desliz, nunca pisar en falso…

Mi esposo, un importante ejecutivo que se la pasa metido en su empresa, su vida en sí misma es esa empresa, y vive girando en derredor del mundo, la mayoría del tiempo con el culo arriba de un avión, ya me acostumbré a esa vida, y solo sé que tengo parte de él, lo amo a mi manera, el me ama a su manera, nuestro matrimonio se transformó poco a poco en una sociedad, como que estamos juntos pero cada quien tiene su vida, y honestamente, no imagino mi vida sin el gordo.

 
 

Hacia frio ese día y la lluvia golpeaba los cristales del ómnibus que como cada mañana me llevaba al Campus. El día era gris y por dentro me encontraba inquieta, no sólo por las inclemencias del tiempo, si no por un turbador sueño que me había despertado a mitad de la noche. No recuerdo con exactitud lo ocurrido durante el sueño, pero sí que me desperté con una extraña sensación. Me levanté al baño y al mirarme al espejo comprobé que tenía las mejillas coloradas lo que desdibujaba las pequitas de mi cara. Sentía calor ahí abajo. Mucho calor. Y casi involuntariamente mi mano, sorteando el elástico de mi pijama, se coló dentro, se deslizó por encima de mis braguitas de algodón y al alcanzar mi sexo lo noté inusualmente húmedo. Mis dedos recorrieron mi sexo un ratito por encima de la suave tela y un escalofrío recorrió mi cuerpo.

 

Con ganas. Muchas ganas de sexo del bueno, del salvaje.

De ese que cura los males pulmonares y alivia espasmos musculares. Del bueno, que rejuvenece. Con ganas de falo duro, firme y caliente. De embates que me provoquen inundaciones mayúsculas. De dedos traviesos en mi vagina. De lengua ávida de mi sexo. De manos que nalgueen mi grupa fabulosa. De besos franceses, besos de Singapur, besos negros. De mordisquitos en las tetas, en los labios, en el cuello, la nuca, las nalgas.

Antes de comenzar me presentaré, me llamo Nicolás y tengo 28 años, los mismos que mi novia Andrea. Llevamos saliendo seis años y nuestra relación va viento en popa. En lo sexual somos una pareja bastante activa y practicamos infinidad de cosas, desde el “aquí te pillo aquí te mato” hasta fines de semana planeados para que nuestra principal preocupación sea el satisfacer sexualmente a nuestra pareja. El juego que más practicamos y que más nos va es que la ate con cuerdas y pañuelos de seda. Al principio todo comenzó como una típica fantasía de vendarle los ojos y atarla a la cama pero con el tiempo y a base de práctica los juegos son ahora de bondage total, utilizando metros de cuerda sobre su cuerpo. Es impresionante es ver como ella cuanto más atada e indefensa está más libre se siente y sus orgasmos son mucho más poderosos.

Hace tres semanas cumplíamos los seis años de relación y lo decidimos celebrar pasando el puente de Todos Los Santos en una casita de turismo rural en los Pirineos. Tras preparar mi maleta con todo lo necesario para que ese fuera un viaje inolvidable me fui a hacer unas cuantas compras a un centro comercial. Tenía una lista de compra con la comida y otras cosas que debía comprar, como nata, chocolate líquido, vino, cava, velas, incienso y pilas (para su vibrador). Como a Andrea le encanta la lencería decidí comprarle algo como regalo de aniversario. Buscaba algo sexi y me decidí por un conjunto de sujetador, liguero y tanga. Todo negro de encaje que insinuaba más que tapaba. Para llevarle el conjunto completo le compré también unas medias negras que tenían un tacto increíble.

La fui a buscar a la salida de su trabajo y tras unas dos horas de viaje llegamos a nuestro destino. Al llegar abrimos una botella de vino y le di mi regalo a Andrea y ella se quedó algo chafada porque no me había comprado nada a mí, ni yo esperaba nada dado que nunca nos habíamos hecho regalos en los aniversarios pasados. Se tomó de un trago su copa de vino y abrió la bolsa donde llevamos las cuerdas y demás complementos sexuales. Sacó una cuerda, me quitó la camisa y me ató las manos en la espalda. Yo me sorprendí bastante porque siempre soy yo el que la ato a ella pero le dejé hacer. No me había atado nunca antes pero sabía lo que hacía porque mis muñecas quedaron tensas pero cómodas. Al terminar con mis muñecas cogió otra cuerda y me ató los codos, lo cual ya no era tan cómodo.